El último baile

Noso compañeiro de Ourense amósanos o seu novo relato.

Caía la tarde y en el interior del novedoso geriátrico todos se preparaban para el gran baile.

Desde la habitación 104 Cándido y Aurora se preparaban para el evento desempolvando del armario sus mejores ropas. Cándido tenía 85 años y era el típico abuelo elocuente con retranca y gracia, un hombre de bien querido en toda la parroquia.

Tenia pelo blanco, pronunciadas pestañas junto con una nariz gruesa y alargada, barbilla redondeada y semblante de bonachón en sus gestos. Sus arrugas al sonreír delataban una vida  entera dedicada al campo y al trabajo en la cantera.

La columna vertebral de Cándido se arqueaba bajo su cuello dejando la cabeza inclinada al frente. Las manos secas y temblorosas por el Parkinson luchaban por disimular una mejoría inexistente, al tiempo que sus piernas soportaban torpemente el peso de su grueso volumen.

El conjunto de su esqueleto enfermo por el reuma y la artrosis no le impedía sacar pecho ante su amada Aurora.

La abuela aurora aún brillaba por méritos propios en el geriátrico a sus 79 años. Tenía el abundante cabello color blanco nieve y su cara era la de una joven-abuela, apenas tenía arrugas y sus rasgos ocultaban a la anciana que llevaba dentro. Nariz respingona, ojos claros y labios carnosos eran motivo de algún que otro suspiro en el salón del centro. Sus cuerpo aún conservaba el atractivo de su juventud aún sosteniendo un bastón en la mano.

La abuela Aurora dedicó su vida al cuidado de su madre enferma, sus dos hijos y la dedicación absoluta por su marido y el bienestar de los suyos. Presumía de no haberle faltado nunca de nada y de tener el cariño incondicional de sus familiares y amigos.

Diagnosticada recientemente de cáncer de huesos ocultaba a todos su sufrimiento a base de morfina y paliativos y nunca borraba su fingida sonrisa de la cara.

Ambos se conocieron en la fiesta patronal en la verbena cuando un joven y osado Cándido la vio sentada en un muro de piedra contemplando la orquesta que tocaba un pasodoble recurrente. El joven tenía entonces 22 años y la muchacha 16 cuando se acercó a pedirle un baile que marcó el ritmo de sus vidas para siempre. Una breve pero intensa relación terminó en un matrimonio deseado al año y medio de conocerse, pronto llegó su hijo Andrés y después Víctor que aunque malos estudiantes eran grandes trabajadores en cualquier lugar.

Cándido no soportaba la idea de perder a su mujer soportando tanto sufrimiento inhumano y sus hijos involucrados ciegamente por su recuperación recorrían el País en busca de una curación milagrosa que no existía.

Oncólogos sugerían que dada su avanzada edad y el estado de metástasis del cáncer ya en fase terminal lo más adecuado sería darle un final digno e indoloro. Los oncólogos habían calculado un trágico desenlace en aproximadamente un mes.

Cándido siempre le sonreía y la colmaba de atenciones y cariño. No quería que se fuese de este mundo sin recordar lo mucho que la quiso y la quería aunque ello supusiera privarse de cualquier cosa. Las veinticuatro horas del día permanecía unida a ella.

Antes de el ingreso en el geriátrico Cándido llevaba a su mujer a ver mundo y disfrutar de veladas románticas y detalles halagadores.

No había un instante desde la jubilación de Cándido que no estuviese al lado de su esposa. Juntos siempre de la mano paseaban por el pueblo entre besos y abrazos que eran la envidia de los lugareños.

Sonó el teléfono de la habitación los hijos se interesaban por el estado de sus padres y en especial de la matriarca. Una cena poco copiosa supervisada por facultativos, ducha asistida y cambio de look con las mejores galas cuando hizo acto de presencia la auxiliar para acompañarlos al salón.

Cándido y Aurora parecían en ese instante dos jovencillos en edad del pavo. Agarrados de la mano salieron de la habitación y con soltura y mutua ayuda sortearon los tres escalones que daban acceso al salón bajo la atenta mirada de la auxiliar.

Aurora ya se había negado a tomar su medición rindiendo su suerte a la evidencia. Estaba pletórica y sus huesos corrompidos luchaban por danzar con dignidad una vez más.

El viejo Cándido permanentemente pendiente de su esposa, le acerco una silla invitándole a sentarse confortablemente.

El personal del geriátrico al tanto del estado crítico de Aurora miraban de reojo cada uno de sus movimientos y el rostro de su cara temiendo un fatal desenlace.

El salón se llenó de octogenarios ávidos de fiesta y con ganas de bailar entre sí, algunos desde las sillas de ruedas y con sus caras perdidas presenciaban el tumultuoso evento.

Del interior de los altavoces comenzó a sonar una bella sintonía de los años 50 , era el inconfundible Glenn Miller y su tema «serenata a la luz de la luna», sublime. Cándido pidió la mano de Aurora y la llevó al centro del Salón, la miró fijamente a la cara y susurró…. hagámoslo. Se abrazaron con fuerza y comenzaron a bailar al lento compás de aquella mágica melodía, sus cabezas buscaron sus cabellos y cuellos y giraban absorbidos por el encanto del instante, despacio, disfrutando cada segundo. Las piernas de Cándido dejaron de flaquear y los huesos de Aurora sanaron misteriosamente mientras sonaba esa serenata. Cándido agarraba la cintura de su amada y al tiempo le susurró en el oído, ….»nunca, nuca te olvides de este instante y de lo mucho que te amo, eres lo más hermoso que me ha pasado y mi mayor fortuna, nada ni nadie nos va a separar». En ese instante la sonrisa imborrable de Aurora desapareció mientras se escurría entre sus brazos precipitándose al suelo. Cándido intentó sujetar su cuerpo inerte, pero sus ancianos brazos fueron incapaces de aguantar todo su peso. Las enfermeras corrían al socorro de Aurora que parecía no responder a ningún estimulo y la música se detuvo mientras los testigos comentaban estupefactos llevándose las manos a la cabeza.

No tiene pulso grito una enfermera mientras intentaba reanimarla.

El médico de urgencias hizo acto de presencia y tomo el control. «Una ambulancia ya!» Indicó y continuó junto con la enfermera la maniobra de reanimación. El desfibrilador intentaba una y otra vez con cada sacudida recuperar un corazón sin vida y un cuerpo condenado. Otra vez!! Gritó el médico. Otra vez!!! Y Otra!!!…

Cándido arrodillado frente al cuerpo sin señales vitales de su amada rezaba, lloraba y llevaba sus brazos al cielo en señal de desconsuelo.

Hora del fallecimiento 18,30 horas indicó el facultativo….Cándido explotó en un ataque de ira e indignación y profería maldiciones a todos, una enfermera sujetó el brazo en tensión del anciano descompuesto y el doctor le inyectó un potente calmante.

El cuerpo agotado de Cándido cedía a cada segundo y sus ojos se cerraban al tiempo que era postrado en una camilla.

Cándido cariño!! Escuchó y su Aurora se encontraba frente a él mientras permanecía sobre la camilla, Aurora mi vida, estás viva!!! Contestó el anciano drogado. No mi amor quería despedirme de ti y de los niños, quiero que sepas que me has hecho la mujer más dichosa del mundo y que no te hubiese cambiado por nada ni nadie, dile a los niños que son mi vida y que me voy en paz, amor y con mucha felicidad. Cariño te espero en el cielo y te llevo en mi alma, corazón y pensamiento. Cándido vio una luz al final de un pequeño túnel oscuro y sin pensarlo dos veces corrió desesperadamente con sus envejecidas y pesarosas piernas mientras aquella luz se estrechaba…. consiguió alcanzarla con dificultad y tras tanta oscuridad no conseguía enfocar debidamente sus ojos deslumbrados; pasados unos segundos abrió nuevamente los ojos y allí estaba ella …Aurora!!! Gritó mientras las lágrimas recorrían su rostro. Aurora estaba frente a él vestida con el mismo vestido con el que le pidió bailar por primera vez, se abrazó a ella como nunca lo hizo y entre lágrimas le susurró «lo hemos» logrado, somos un amor inmortal ante Dios.

Cándido nunca más despertó…..

Óscar Castillo Fernández

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