Depresión, discapacidad, estigma

Han aumentado de forma alarmante las discapacidades por depresión hasta el punto de ser la principal causa de discapacidad en un futuro próximo. Ésta, la depresión, entendida en todas sus extensiones y variantes y, sobre todo, los problemas de salud mental vinculados, con su consecuente costo sanitario y social. Este gasto aumenta cuanto menos se hace al respecto y cuanto más lentamente se aborda el problema.

Hay que cuidar la alimentación, no fumar, no beber, tomar medicación… pero tenemos que poner de nuestra parte en momentos en los que no nos encontramos bien o simplemente no nos encontramos con nosotros mismos, o con la versión que queremos dar de nosotros mismos, o simplemente con lo que se nos exige. ¿Quién nos exige y qué se nos exige? Principalmente, lo que yo me exigiría a mí mismo sería poder independizarme, y para ello encontrar trabajo, formar una familia… Es decir, realizarme.

Hay que intentar superar los “peores momentos”, pero debido a la poca educación básica sobre cómo funciona nuestra mente (control y gestión de emociones, entrenamiento en habilidades…), como uno no tiene un mapa o un manual de instrucciones en esos momentos en los que haces o dejas de hacer ciertas cosas, o tienes ciertos pensamientos o actitudes, no sabemos enfrentarnos al mundo sabiendo lo que nos vamos a encontrar y a veces pasan cosas.

Nos enfrentamos a un desconocimiento total hacia las personas con problemas de salud mental desde el momento del primer diagnóstico. Desconocimiento de lo que le sucede a uno y a los demás (familia, amigos…). Hay una incomprensión total hacia nuestro estado o nuestro problema de salud mental; sin llegar al victimismo, pero con preocupación.

El estigma y lo duro que es ser una persona con discapacidad. El muro que se levanta ante nosotros. Superarlo día a día con motivación, autoayuda, despertar lo que está dormido o olvidado, no tener acceso a cosas a las que una persona en otras circunstancias sí tiene fácil acceso. No disponer de recursos (no los conocemos o conocíamos) para abordar de la mejor manera el problema.

Otra cosa son los síntomas que podemos llegar a observar en personas afectadas en mayor o menor grado por discapacidades cuyo origen principal es un depresión.

La-soledad-es-buena-companera

En un caso del que tuve conocimiento, una persona que parecía normal (es más, destacaba en su entorno y disfrutaba de la vida) dejó de disfrutar de repente. Tal vez las drogas (pocas veces, me confesó), la juventud, la mochila que cada uno lleva encima a lo largo de los años (cuentas por saldar con ciertas personas próximas que van sumando) o lo que ahora se denomina “conjunto de circunstancias” (familiares, sociales y sanitarias fundamentalmente), pocas perspectivas de realizarse personalmente, pensamientos recurrentes acerca un futuro que no veía nada halagüeño, aislamiento, falta de placer en el día a día, el no poder olvidar por un momento sus problemas o no distraerse de vez en cuando…

NO veía nada que hacer para poder salir de la situación en la que se encontraba.

Ideas obsesivas golpeaban continuamente su cabeza. Dolor intenso.

“Todo es culpa mía”. Todo lo que pasaba, sobre todo lo malo, era por culpa o él así lo creía. Que todo el mundo se aprovechaba de él.

Empezó a sentir una profunda incomprensión hacia lo que le estaba sucediendo. Poco a poco, iba conformando una forma de actuar, de ser, no digo mejor o peor, sino diferente a antes del diagnóstico. Las condiciones en las que le dejó la enfermedad eran las que eran y no había perspectiva de cambiarlas a corto plazo. Tenía la conciencia tranquila, había hecho todo lo que estaba en su mano.

¿Todo? No. Se conocía a sí mismo lo suficientemente bien como para no tener que engañarse a sí mismo. Sobre todo ahora, visto con perspectiva.

Con unos días más de estudio (Administración y Finanzas), seguramente en esa entrevista de trabajo a la que se presentó no le habrían rechazado. Cuánto habría dado por empezar a trabajar a esa edad, haber estudiado todo lo que necesitaba para dar la talla en la entrevista. Pero esos pensamientos tortuosos disminuyen cuando piensa en el esfuerzo sobrehumano que le costaron sus estudios, pues ya no tenía el cerebro en perfectas condiciones, ya no era como antes. Se da cuenta ahora que ha repasado leyes y leyes para oposiciones, o simplemente se ha puesto al día en conocimientos obtenidos en el ciclo formativo, y se encuentra un poco mejor.

El estigma y el auto-estigma son parte de los problemas, más allá de la propia enfermedad, que señalan las personas diagnosticadas de enfermedad mental como una de las realidades más perturbadoras en el día a día.

Una mejora, pues antes no sabía en qué realidad estaba, nadie se lo quería decir. Eso era un secreto.

La muerte: sería posible vivir con ese dolor, sin disfrutar de una simple conversación, una taza de café o ¿qué? Le venían pensamientos sobre qué pesa más: el dolor de la vida actual o la falta de perspectivas de salir de una situación que no es agradable. Sin ofertas de trabajo no se adquiere experiencia, no le contratan. Es un círculo vicioso en el que mucha gente joven se ve metida, pero él no sabía cómo actuar.

Suicidio: NO, gracias. Se veía en la calle, sin familia, sin amigos, sin perspectivas de encontrar un trabajo, o, si lo encontrara, de poder aguantar todos los días en él sin que le echaran a la calle. Esa incertidumbre…

Y ahora: se ve la luz al final del túnel, pero no se sabe si esto va a mejor.

En principio está más cómodo. Las cosas que desea le cuesta menos alcanzarlas y se vislumbra una oportunidad de, por lo menos, vivir decentemente como cualquier otra persona, pero sabiendo que tiene una enfermedad mental. Quizás el dejar de luchar contra ello le libere. A lo mejor lo ha aceptado.

A lo mejor no tiene que luchar más o simplemente puede luchar sin tanto esfuerzo mental, sin comerse tanto la cabeza. ¿O no?

Un comentario en “Depresión, discapacidad, estigma

  1. Así es. Dejar de culparse es fundamental. Pero también recibir ayuda, y eso no siempre se pide; porque no se sabe cómo o dónde. La lucha es diaria y nunca fácil. Qué bien que esa persona haya podido comprenderse mejor y afrontar su vida de otra manera. Y sobre todo, diciendo SUICIDIO NO. Siempre merece la pena intentarlo otra vez.

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